EL DISCURSO DEL SILENCIO HA MUERTO

EL DISCURSO DEL SILENCIO HA MUERTO

martes, 23 de julio de 2013

" CONVIVENCIAL ES LA SOCIEDAD EN LA QUE EL HOMBRE CONTROLA LA HERRAMIENTA"

En toda la superficie del planeta, el instrumento altamente capitalizado requiere de un hombre atiborrado de conocimientos almacenados. Después de la Segunda Guerra Mundial, la racionalización de la producción ha penetrado en las regiones llamadas retrasadas y las metástasis industriales ejercen sobre la escuela una intensa demanda de personal programado. La proliferación del bienestar exige el condicionamiento apropiado para vivir en él. Lo que la gente aprende en las escuelas que se multiplican en Malasia o en Brasil es, ante todo, a medir el tiempo con el reloj del programador, estimar el adelanto con los anteojos del burócrata, apreciar el consumo creciente con el corazón del comerciante, y considerar la razón del trabajo con los ojos del responsable sindical. Esto no es el maestro quien se lo enseña, sino el recorrido programado, producido y, al mismo tiempo, obliterado por la estructura escolar. Lo que enseña el maestro no tiene ninguna importancia, desde el momento en que los niños deben pasarse centenares de horas reunidos en clases por edades, entrar en la rutina del programa (o curriculum), y recibir un diploma en función de su capacidad de someterse a él.
¿Qué se aprende en la escuela? Se aprende que mientras más horas se pasen en ella, más vale uno en el mercado. Se aprende a valorar el consumo escalonado de programas. Se aprende que todo lo que produce una institución dominante vale y cuesta caro, aun lo que no se ve, como la educación y la salud. Se aprende a valorar la promoción jerárquica, la sumisión y la pasividad, y hasta la desviación tipo, que el maestro interpretará como síntoma de creatividad. Se aprende a solicitar sin indisciplina los favores del burócrata que preside las sesiones cotidianas: profesor en la escuela, patrón en la fábrica. Se aprende a definirse como detentador de un lote de conocimientos en la especialización en que ha invertido su tiempo. Se aprende, finalmente, a aceptar sin rebelarse su lugar dentro de la sociedad, es decir la clase y la carrera precisas que corresponden respectivamente al nivel y al campo de especialización escolares.
Las reglas de contratación en las industrias incipientes en los países pobres son tales que solamente los escolarizados ocupan las escasas plazas, por ser los únicos que en la escuela han aprendido a callarse. Estos puestos en la cadena son definidos como los más productivos, los mejor pagados, de manera que el acceso a los productos industriales es reservado a los escolarizados y prohibido a los no-escolarizados. Fabricados por la máquina, los zapatos, las bolsas, la ropa, los alimentos congelados y las bebidas gaseosas desplazan en el mercado a los bienes equivalentes, que eran producidos convivencialmente. La escuela sirve a la industrialización justificando en el Tercer Mundo la existencia de dos sectores, el del mercado y el de la subsistencia: el de la pobreza modernizada y el de una nueva miseria de los pobres. A medida y conforme la producción se concentra y se capitaliza, la escuela pública, para continuar en su papel de pantalla, cuesta más cara a los que asisten a ella, pero, sobre todo, hace pagar la cuenta a los que no asisten.
La educación no se convierte en necesidad sólo para diplomar a la gente, para seleccionar a aquellos a quienes se les da trabajo, sino también para controlar a los otros que acceden al consumo. Es el mismo crecimiento industrial el que conduce a la educación a ejercer el control social indispensable para un uso eficiente de los productos. La industria de la vivienda en los países de América Latina es un buen ejemplo de las disfunciones educativas producidas por los arquitectos. En estos países las grandes ciudades están rodeadas de vastas zonas, favelas, bamadas o poblaciones, donde la gente levanta ella misma sus moradas. No costaría caro prefabricar elementos para viviendas y construcciones de servicios comunes fáciles de ubicar. La gente podría construirse moradas más duraderas, más confortables y salubres, al mismo tiempo que aprendería el empleo de nuevos materiales y de nuevos sistemas. En vez de ello, en vez de estimular la aptitud innata de las personas para moldear su propio ambiente, los gobiernos encajan en esas barriadas servicios comunes concebidos para una población instalada en casas de tipo moderno. Por su sola presencia, la escuela nueva, la carretera asfaltada y los puestos de policía en acero y vidrio, definen el edificio construido por los especialistas como modelo, y, de esa manera, imprimen a la vivienda que se construya uno mismo el sello de la barriada, reduciéndola a ser nada más que una choza. Semejante definición es implantada por la ley; niega el permiso de construir a la gente que no puede presentar un plano firmado por un arquitecto. Y es así como se priva a la gente de su aptitud natural de invertir su tiempo personal en la creación de valores de uso, y se les obliga a un trabajo asalariado: podrán entonces cambiar sus salarios contra el espacio industrialmente condicionado. 

                        La convivencialidad. IVAN ILLICH

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